viernes, 25 de abril de 2014

Devaluación salarial: ¿la solución?

Laura Pérez Ortiz - Universidad Autónoma de Madrid y Augusto Plató

Muchas son las voces que señalan el fuerte incremento de los costes laborales que vivió nuestro país en la etapa de crecimiento económico previa a la crisis financiera internacional, y la consiguiente recesión de la que aún no hemos salido, como una de las causas de dicha recesión.

Esas voces achacan a este importante aumento la situación en la que nos encontramos, con una elevadísima tasa de paro que no se reduce por lo caro que aún resulta contratar.


Hay veces que una imagen vale más que mil palabras: en el mapa adjunto se observa claramente que el ingreso bruto anual en la mayor parte de nuestro país está muy por debajo de los ingresos que se perciben en Alemania, Austria, el Benelux o los países nórdicos. Incluso por debajo de los de Francia, Italia o Reino Unido. Nuestros ingresos son similares a los de Portugal, Estonia, Polonia… 

Efectivamente en la etapa previa, la del crecimiento económico, los costes laborales crecieron a un mayor ritmo que en otros países, pero es que teníamos que converger, que acercarnos a la media, ¿o no consistía en eso Europa y su Unión? Cuando se plantea la Unión Monetaria se establecen unos criterios de convergencia de las economías que van a compartir moneda, y por tanto, política monetaria, para que las economías sean similares y las actuaciones de política se puedan implementar en el mismo sentido, con el mismo objetivo. Es verdad que ganó la convergencia nominal (la recogida en los criterios de Maastricht), pero con el afán de alcanzar también la convergencia real (que las economías no solo se parezcan en su tasa de inflación, tipo de interés, nivel de deuda pública y de déficit público), es decir, que las economías se asemejen en calidad de vida, en nivel de bienestar, en PIB per cápita. Para lograr dicha convergencia real se establecieron los Fondos Estructurales y Fondos de Convergencia, que ayudaban a las regiones que se quedaban rezagadas respecto a la media comunitaria. 

Pero el objetivo sigue siendo que las economías sean similares, para que cuando llegue una crisis (un shock) las actuaciones de política económica, cada vez más comunes a todos los países (actuaciones únicas en el caso de la política monetaria para los pertenecientes al € y sometidas al Pacto de Estabilidad y Crecimiento en el caso de la política fiscal) tengan los mismos efectos. ¿O no? 

Porque eso no se ha logrado: ¿por qué entonces se empeñan en que para solucionar nuestros problemas pongamos soluciones que nos alejan de Europa? Que hagamos una devaluación salarial ya que no podemos devaluar la moneda, dicen. Pues hombre, si estuviéramos por encima de la media, tendría sentido, pero cuando no la alcanzamos ni de lejos solo tiramos piedras contra nuestro propio tejado. Que eso supone unos costes laborales con un crecimiento más rápido que en nuestro entorno, pues o devalúan sus salarios los demás, o no los alcanzamos nunca. 

Quizá debiéramos plantear los objetivos de la política económica. Si los objetivos son crecer, crear empleo, reconstruir un Estado de Bienestar y converger con Europa, las medidas no pueden ir en el sentido contrario. ¿Que para crecer hay que competir? Claro, pero hay muchas formas de mejorar la competitividad y no todas pasan por reducir los salarios, sino por mejorar la productividad (que recordemos, consiste en producir más con los mismos recursos o producir lo mismo con menos recursos, en definitiva, hacer un uso eficiente de los recursos productivos).

Y para eso hay muchos caminos, no únicamente la reducción del coste del principal recurso productivo, el trabajo, sino también una reinversión de los crecientes beneficios empresariales en la actividad productiva, una mayor investigación que permita mejorar eficiencias, una redistribución de los recursos hacia sectores que los aprovechen mejor (den mejor resultado o valor añadido utilizando la misma cantidad de recursos). Y no es un problema de baja cualificación de la oferta (se puede comprobar aquí), sino de una distribución sectorial quizá no adecuada.


Porque en cuanto a investigación, el gasto medio en España en I+D se sitúa en el 1,33% del PIB, por debajo de la media de la UE27 (2,03%) e incluso es inferior al de Portugal (1,5%).

El bajo esfuerzo innovador del empresariado español n o permite mejorar la productividad y la competitividad. El 60% de la inversión en I+D la realiza el Estado a través de investigación pública y de las Universidades (muy maltratadas por la crisis, todo sea dicho). Sólo poco más del 40% de las empresas españolas son innovadoras, mientras la media europea es superior al 50% y en Alemania casi alcanza el 80%.

En cuanto a la solicitud de patentes, otro de los indicadores, no de esfuerzo inversor en investigación, sino de resultado de la misma, de nuevo el panorama resulta desolador.


La economía puede ser una ciencia complicada, pero las soluciones de política económica serán tanto más complejas cuanto más opacos sean los objetivos a perseguir. 

Se acercan unas elecciones europeas, quizá sea el momento de reflexionar sobre qué objetivos, y por tanto, qué políticas son las que queremos.
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