Santos M. Ruesga, artículo publicado en la revista “Ejecutivos” nº 248, diciembre 2013
El pasado mes de noviembre comencé una reflexión sobre la situación de la economía china con mi particular punto de vista, que arrancaba con las visiones obtenidas en un viaje realizado el pasado verano. Completaré hoy esos comentarios con otros complementarios, desarrollados al hilo de conversaciones realizadas con colegas de ese país, así como de la lectura de la prensa local especializa.
Entre mis colegas del mundo académico una preocupación generalizada hacía referencia a un posible parón en el crecimiento económico. Acostumbrados a cifras anuales de ascenso de dos dígitos, las tasas de los años 2012 y 2103 (en previsión) apuntaban a una cierta ralentización, situándose entre el 7 y el 7,5 por ciento. Crecer a ese ritmo les produce un cierto temor, se les asemeja a un negro escenario en tanto que un parón en el ritmo de crecimiento que de forma sostenida se ha registrado desde hace casi treinta años podría llevar consigo problemas, a su entender, no solo de orden económico (empleo, estabilidad monetaria y financiera, etc.) sino también de orden político.
Lo que a los ojos de un occidental no deja de ser una paradoja cuando estamos suspirando por un crecimiento del 1 por ciento, tras una recesión que va ya por más de un lustro. Pero, en cualquier caso, de ser cierto esa posible ralentización en el crecimiento también se generarían efectos colaterales importantes en nuestras economías. No olvidemos que además de ser nuestro proveedor de bienes a bajo coste, la economía china absorbe un volumen importante de las exportaciones europeas (alemanas, en particular) y constituye una fuente de financiación cuasi ilimitada para enjugar los enormes déficit fiscales y comerciales de los Estados Unidos, especialmente.
Inquietud que comparten las autoridades económicas chinas, que, en principio, atribuirían tal freno al ritmo de crecimiento a sus propias necesidades de reorientación del sistema económico, con el fin de garantizar la sostenibilidad del mismo a futuro, desde un modelo guiado por tirón de las exportaciones y la inversión (en activos inmobiliarios y en patrimonio económico público) hacia otro con soporte en la demanda interna, particularmente en el consumo privado.

