jueves, 8 de mayo de 2014

La economía mundial con incertidumbres

Santos M. Ruesga - artículo publicado en la revista “Ejecutivos” nº 253, mayo 2014

Quiero agradecer a mi colega Julimar Da Silva sus aportaciones a esta reflexión, tras largos debates en los que concluimos en los mismos resultados tras discrepar en casi todo.

El pasado 2 de abril la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Ms. Christine Lagarde, alertaba sobre la marcha de la economía global, indicando que estaba “demasiado débil para la comodidad”, llamando la atención especialmente sobre los riesgos de deflación en la zona euro Añadiendo que aunque los signos de la economía global eran positivos, «sin ambición política suficiente el mundo podía caer en una trampa de crecimiento lento a medio plazo» (1).

Y es que el año 2013, el quinto desde el colapso de Lehman Brothers y el inicio de la grave crisis financiera global, muestra la consolidación de dos estrategias diferentes de política económica frente a la crisis, especialmente después de 2010. Mientras el resto del mundo desarrollado y los países emergentes experimentaban tasas de crecimiento de la economía y del empleo positivas y sostenidas desde 2010, la Zona Euro sufría su particular crisis de austeridad con recesión económica, incremento del desempleo y, otra vez, una grave amenaza de deflación. 

Mientras en el resto de países desarrollados y los países emergentes mantuvieron un mix tanto de política monetaria como fiscal expansivas, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, comandados por la austeridad tudesca, han adoptado una serie de medidas de ajuste depresivo con fuertes efectos negativos sobre el bienestar social de los europeos, especialmente en los países del sur. Derivado de ello la evolución macroeconómica de ambas regiones, tanto en términos de PIB, como de empleo son absolutamente dispares. 

Tasa de paro y déficit público de las economía desarrolladas. 2007-2013
Fuente: Elaboración propia con datos de Eurostat.
Durante el pasado año la Reserva Federal mantuvo su política de expansión monetaria a través de las llamadas “facilidades cuantitativas” (quantitative easing), comprando valores hipotecarios y bonos del gobierno, por ejemplo. Una estrategia semejante se había adoptado por los gobiernos del Japón, Reino Unido y las economías emergentes. Sin embargo, el Banco Central Europeo mantuvo una política monetaria convencional, con bajos tipos de interés y refinanciando operaciones a largo plazo. Esa es una de las explicaciones de por qué las economías de los Estados Unidos, Japón, Reino Unido y los emergentes tuvieron un crecimiento económico y una reducción de la tasa de paro desde 2010, mientras que dicha tasa de paro sigue incrementándose en la Zona Euro. 

Además, hay que añadir también como explicación de esta evolución económica dispar las diferentes estrategias en materia de política fiscal. Mientras la Zona Euro sucumbía en el dogma de la austeridad fiscal (el austericidio, como lo define un colega), la devaluación interna, el debilitamiento sistemático de la negociación colectiva y del diálogo social, el ajuste estructural y los recortes sociales a partir de 2010, lo que ha provocado una nueva depresión económica que se prolonga hasta la actualidad y ha agravado el riesgo de deflación, especialmente en los países del sur de la Zona Euro, las demás economías desarrolladas experimentaban una intensa intervención de los diferentes gobiernos con el objetivo de mantener la demanda efectiva a través de una expansión del gasto público o de los llamados estabilizadores automáticos, como la prestación por desempleo. 

El déficit público se ha incrementado en todos estos países superando el 6 por ciento del PIB en el año 2013 en los EEUU y el Reino Unido y acercándose al 10 por ciento en Japón (véase Figura 1B). No se puede obviar que las facilidades financieras han contribuido a financiar las políticas fiscales financieras, reduciendo además el coste de la deuda pública de estos países. Al contrario de lo que ha ocurrido en la Zona Euro, en donde el coste del endeudamiento se incrementó en los países de la periferia. Tal y como alertaba Keynes, la política monetaria per se no es suficiente para combatir una recesión y llevar a las economías al camino de la recuperación, debe venir acompañada con unas medidas de política fiscal que estimulen la demanda efectiva y, por ende, la expansión de la actividad productiva y del empleo. A sensu contrario, una política fiscal contractiva, como la aplicada con contundencia en los países europeos en estos años, difícilmente será operativa si no va acompañada, al menos, de un esfuerzo importante para expandir los recursos monetarios disponibles para empresas y consumidores. La experiencia norteamericana, en diferente ocasiones, entre otras en los años más recientes, o la alemana, en el periodo inmediatamente anterior a la actual crisis, abundan a favor de este aserto. La combinación practicada en el espacio europeo, con el patrocinio y vigilancia de los organismos comunitarios (con la Comisión y el BCE a la cabeza) y el FMI, que en el último año comienza a modular su anterior decidida apuesta por la austeridad, se ha convertido en un arma letal para las economías más débiles, como las del sur, incapaces de responder con demanda externa a la contracción de la demanda interna. 

Son abundantes los análisis que, a ambos lados del atlántico, atribuyen a estas políticas, la aparición y desarrollo del segundo episodio recesivo de la Gran Crisis (2008-2013), extendido por los meses de 2011-2013. En esta línea se vienen manifestando desde Paul Krugman o Joseph Stiglitz, en la orilla americana, a Paul De Grauwe o Martin Wolf en la europea. 

Por otro parte, en los países emergentes, la economía parece mantener un cierto nivel de crecimiento estable en la evolución de la actividad productiva, aunque en unos niveles inferiores a los observados antes de la crisis. Todo ello a causa de la reducción de la demanda de los países desarrollados, lo que ha provocado un ligero descenso de los precios de los productos exportados, sea de las materias primas, para el caso de los países latinoamericanos, sea de productos industrializados, para el caso de los asiáticos. En general los países emergentes, mantuvieron una política fiscal expansiva, en buena parte a causa de estos ingresos externos, lo que ha evitado la depresión económica y sus graves consecuencias sociales.

No es de extrañar que en este contexto, las principales instituciones económicas internacionales, así como destacados “think tanks” apuesten por un sombrío panorama, volviendo al pesimismo en sus predicciones. Un analista señala como “El FMI lidera el camino, abogando por una acción rápida para renovar un renqueante comportamiento del crecimiento económico. Su flagrante u-Turn ha atraído escasa crítica. No hace mucho tiempo, endosó aguerridos puntos de vista sobre la necesidad de aplicar la plena austeridad, sin importar el costo, contribuyendo así a desencadenar las maltrechas condiciones que ahora rechaza” (2).

A la vista de este panorama de predicciones, el año 2014 se presenta con múltiples desafíos para la economía mundial. Los países desarrollados deben buscar un camino de recuperación económica con inclusión social, para evitar un mayor deterioro de su bienestar social. Por su parte, los países emergentes y no desarrollados deben fortalecer su trayectoria de crecimiento con distribución de renta y reducción de la pobreza. En cualquiera de los casos los desafíos son muy notables y, además, están relacionados entre sí.

Entre los países desarrollados se observan dos desafíos fundamentales: el riesgo de la deflación, para los países europeos, y los efectos del final de la política monetaria expansiva, en la vertiente americana del mundo rico. Aunque el riesgo de la deflación está acotado al entorno europeo, sus consecuencias pueden llevar a una nueva caída de la actividad productiva y, una vez más, a una crisis de confianza en todo el mundo desarrollado y, por efecto contagio, a toda la economía mundial. A lo largo de 2013 la tasa de inflación de la Zona Euro se mantuvo muy por debajo del objetivo del 2 por ciento, lo que implica una situación de casi deflación o de amenaza de deflación, según las conclusiones del FMI. Las consecuencias de la deflación pueden ser nefastas para la sociedad europea, una vez que implica un proceso a largo plazo de depresión económica, sin generación o quizás destrucción de empleo, especialmente en los países del Sur, con una elevada tasa de paro. La deflación empeora el problema de la deuda pública, una vez que aumenta tanto el nivel real de la deuda existente como los costes financieros de la misma, al incrementarse el tipo de interés real que se tiene que pagar por la misma, lo que abunda en las perspectiva de una nueva vuelta de tuerca a la recesión, abriendo el camino a una suerte de “enfermedad japonesa para Europa, con deflación más estancamiento, o, en el mejor pronóstico, un ritmo muy lento de crecimiento. .

En lo concerniente a los países en desarrollo hay que considerar los efectos que el final de la política monetaria expansiva puede tener sobre su dinámica de crecimiento con distribución de ingreso y reducción de la pobreza, puesto que tanto la actividad económica como los ingresos públicos tienen una fuerte dependencia de la demanda externa, que tiene origen, fundamentalmente, en las economías avanzadas. Esos países tendrán, por lo tanto, que fortalecer su demanda interna para reducir los efectos de lo que ocurra con la actividad productiva en el resto del mundo. Ese el camino que está marcando el gobierno chino, come señalaba en Ejecutivos, en meses pasados, al reflexionar sobre las fortalezas y debilidades de la economía del gran gigante asiático. 

___________

(1) En BBC News Business, 3 de abril de 2014. 
(2) J. P. Marín Arrese, señala en el blog The Corner que “la vuelta al pesimismo europeo está de moda” (www.thecorner.eu/news-europe/euro-pessimism-back-fashion/36804).

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
>
ir arriba