miércoles, 4 de abril de 2012

Efectos macroeconómicos de la reciente reforma laboral

El consumo privado 

Como se ponía de manifiesto en la anterior entrega sobre los efectos socioeconómicos de la reciente Reforma Laboral, uno de los aspectos a destacar en este sentido, es la alteración que produce en la distribución funcional de la renta, trasladando, en cuantía importante, recursos desde las retribuciones salariales a los rendimientos empresariales y de capital. Esto significa que la disponibilidad de renta por el conjunto de los trabajadores disminuye en favor de aquellas otras que tienen una menor propensión marginal al consumo. Lo que ha de significar que en meses venideros y quizá años, la aportación de la demanda del consumo privado al crecimiento económico disminuirá, arrastrando a una senda aún más negativa a uno de los componentes tradicionales de impulso al avance del Producto Interior Bruto. También es cierto, que se podría interpretar que la ruptura de esta dinámica tradicional de impulso al crecimiento económico, en el caso español, podría tener efectos colateralmente positivos en la medida que se frenaría la expansión de las importaciones que, también tradicionalmente, ha venido acompañándonos durante los últimos lustros a los incrementos del consumo de los ciudadanos. Bien es verdad, no obstante, que el problema del desequilibrio derivado de una fuerte expansión de las importaciones en relación con las exportaciones, no hay que buscarlo sólo en la dinámica del consumo privado, sino más bien en la competitividad de las empresas frente al exterior. Ahora bien, pensando en una economía que crece de forma sostenida, lo razonable es propiciar el desarrollo de la productividad empresarial de tal manera que su competitividad frente al exterior, en aumento, permita absorber los incrementos de la demanda que se derivan del avance del consumo privado, a instancias del incremento de la renta disponible. Esto no ha ocurrido así en la economía española, lo que ha significado crecientes déficits de nuestra balanza comercial (acompañado de un fuerte endeudamiento de las familias y de las empresas). Lo que, esto pone de manifiesto, en última instancia, es la incapacidad de nuestro sistema productivo para absorber tirones de la demanda a causa de sus carencias en materia de competitividad frente al exterior. 

En cualquier caso, lo que cabe deducir de lo anteriormente expuesto es que no se puede esperar, en el horizonte inmediato, incluso en el medio plazo de uno o dos años, que la demanda privada juegue, como tradicionalmente ha ocurrido, un papel de dinamización económica en aras de lograr mayores niveles de crecimiento económico, y por extensión de generación de empleo. Habrá que buscar en otras componentes del cuadro macro económico los posibles impulsos al crecimiento económico. 


La inversión 

Cabría pensar que, alternativamente (y ésta es la justificación que desde un punto de vista teórico podría explicar las políticas sistemáticas de moderación salarial) la “alimentación” de las rentas de capital, debido al descenso de las retribuciones salariales derivado de los efectos de la Reforma, nutriera la demanda agregada por el lado de la inversión. Ello supondría entender que la menor propensión marginal al consumo de las rentas del capital estaría nutriendo un mayor flujo inversor en las empresas. Para que ello fuera efectivo, habría que considerar que los mecanismos de conversión del ahorro en inversión funcionarán razonablemente, cuestión que en los últimos años hemos visto que tiene más que grandes lagunas. Debería significar que el sistema financiero en su conjunto y particularmente el sistema bancario, superaran la situación de estancamiento agudo que están viviendo en los últimos años. La conversión de ahorro empresarial, derivado de la acumulación de rentas de capital, en inversión requiere del buen hacer de estos instrumentos de intermediación, porque sino funcionan de forma eficiente, como ocurre en el caso español en estos momentos, tales ahorros no van a alimentar el flujo de la demanda agregada. Flujo que tendría también, un efecto expansivo sobre las importaciones especialmente de bienes de capital. 

Las exportaciones 

En tercer lugar, lo que cabría esperar es que si bien la demanda interna, ya sea de consumo ya sea de inversión, no va a alimentar la dinámica de crecimiento en el horizonte del corto y medio plazo, podríamos tener la expectativa de que fuera la demanda externa la que lo hiciera, a partir de la hipótesis de que la moderación/reducción de las rentas de trabajo mejorarán la posición competitiva a las empresas nacionales frente al exterior y, de este modo, lo que la demanda interna no parece satisfacer lo pudiera hacer la demanda externa, tras esa hipótesis de mejora de los precios relativos de los productos de las empresas españolas frente a las extranjeras. Se propiciaría así un aumento de las exportaciones y la mejora de la balanza de pagos, lo que, al mismo tiempo, contribuiría a reducir el nivel de apalancamiento privado frente al exterior. Sin duda, este es uno de los efectos buscados habitualmente cuando se apuesta por descensos de los costes laborales en las empresas como fórmula de mejorar la posición competitiva. El problema de esta vía de ajuste es que, como históricamente está demostrado, tiene un recorrido temporal relativamente limitado; aquel en el que las otras economías (o las empresas de esas otras economías) con las que se compite tardan poco en recuperar la pérdida relativa de competitividad vía costes bien con incrementos más rápidos de la productividad o bien acudiendo también a reformas laborales de similares enfoque y contenidos. Esto es lo que ha ocurrido históricamente con las hipotéticas ganancias, globalmente consideradas, de las empresas españolas frente al exterior, centradas fundamentalmente en el juego de los costes laborales relativos. Nuestras ganancias por congelación salarial las perdemos paulatinamente por ralentización, relativa, del crecimiento de la productividad de las empresas. Y ello por tanto, nos lleva al cuarto elemento a considerar en el orden macro económico de los efectos de la Reforma Laboral. 

La productividad 

En aras de alcanzar esas mayores cuotas de competitividad de una manera sostenible, la única vía a considerar es el crecimiento de la productividad en las empresas. Y ello nos lleva a interpretar si la Reforma Laboral va a tener o no algún efecto en este terreno. 

Como ya apuntábamos con anterioridad en este análisis, los problemas de crecimiento de la productividad en el caso español no son sólo de inversión en equipo de capital, en innovación tecnológica o en mejora de la estructura empresarial, que lo son, sino también de incentivos al trabajo, en aras de aumentar la dotación en capital humano. 

El tipo de trabajo que se ha ido desarrollando y la filosofía económica subyacente en algunas de las actuaciones del Gobierno actual (y también de los anteriores), vienen a indicar que en poco o nada se están considerando los factores adversos que la estructura empresarial española tiene para permitir un avance más acelerado de la productividad. Las cifras de carácter macro económico nos indican que el crecimiento de la productividad laboral aparente que se está obteniendo en estos momentos es de carácter espurio, es decir que se materializa en cifras positivas a causa del descenso del empleo. Téngase en cuenta que lo que estamos midiendo es el cociente entre la variación del producto con respecto la variación del empleo. Lo que se está obteniendo, por tanto, no es una mejora sustancial de la capacidad relativa de producción de nuestras empresas, sino que el desplazamiento del trabajo menos cualificado (en la construcción, los servicios de baja cualificación, etc.) está dando como resultado que el volumen de actividades que sobreviven, se realiza con menos unidades de trabajo, porque se concentra, con respecto a situaciones anteriores a la crisis, en sectores de mayores rendimientos. No estamos hablando, por tanto, de un crecimiento efectivo o real de la productividad sino de tipo aparente, por cambios en la estructura productiva derivados de la crisis, que selectivamente golpea a diferentes sectores. 

Así, por ejemplo, el conjunto de actuaciones que tratan de primar a la actividad de las pymes no contemplan cuáles son los problemas principales para aumentar la productividad en el ámbito de este tejido empresarial de empresas de escasas dimensiones. El problema no es fomentar la creación de pymes indiscriminadamente sino, fundamentalmente, forzar la creación y la concentración de dichas pymes, para que almacenen tamaño suficiente como para que sean competitivas. Por ello las actuaciones a desarrollar se han de fijar más en fomentar la concentración de las mismas para alcanzar esa dimensión que les permita competir internacionalmente. Ello requiere, probablemente, no de tantas subvenciones directas a las empresas de escaso tamaño como de incentivación de su concentración y sobre todo de la desaparición de limitaciones institucionales, legales o recaudatorias, que dificultan el crecimiento más o menos intenso, en tamaño, de estas empresas. En suma, una promoción combinada de incremento al tamaño de las pymes con la incorporación de innovaciones tecnológicas, una política orientada al crecimiento de la productividad y por lo tanto a la competitividad de las mismas con respecto al exterior. 

Al margen de las actuaciones en materia de política industrial y empresarial, fundamentales en la actual situación de la economía española, habría que considerar también como este tipo de reformas con un impacto negativo en materia de niveles salariales y, en definitiva, de seguridad en el trabajo (no necesariamente seguridad en el puesto de trabajo) para los asalariados, incorpora también un efecto adverso en los incentivos a la mejora de la cualificación y, por tanto, sobre el aumento de la productividad, a instancias de los propios asalariados. En los ámbitos del trabajo de baja o escasa cualificación, tan abundante en el territorio productivo español, la Reforma Laboral va a tener un efecto claramente negativo para el impulso a la mejora en este terreno. 

En síntesis, entendemos que la Reforma Laboral y los aspectos colaterales que le acompañan en materia de incentivación y subvención a las pequeñas y medianas empresas, más que acelerar el proceso de conversión de la economía española en un tejido competitivo frente al exterior, tendrán un efecto retardatorio en el mismo, y desgraciadamente con bastante probabilidad, abrirán el camino a un proceso de empobrecimiento relativo paulatino frente al entorno con el que competimos, en el ámbito de la Unión Europea. No se trata de hacer vaticinios sino de escudriñar entre los posibles efectos de lo que se está haciendo. Y todo ello, teniendo en cuenta que lo que se promueve políticamente en el momento actual,, que supone cambios estructurales profundos que configuraran el diseño de las relaciones laborales de los próximos años, probablemente no tenga vuelta atrás o, aunque la tenga, lo que habremos perdido es un tiempo maravilloso, para avanzar en ese horizonte de conformar un tejido productivo más competitivo frente al exterior.

Santos Ruesga - Augusto Plató
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