jueves, 29 de noviembre de 2012

Más allá de esta crisis. El progreso como fruto del pacto social

Texto expandido de la disertación del profesor Santos M. Ruesga en el acto público en apoyo a la huelga general del 14 de noviembre de 2012 en España, celebrado en el Ateneo de Madrid.

En días pasados hemos asistido a una expresión del tremendo descontento social que atraviesa a las sociedades europeas en los últimos meses. Millones de ciudadanos han manifestado su malestar frente a una situación y unas políticas que la sostienen que golpea en el núcleo duro de los derechos económicos y sociales (e incluso políticos) acumulados por la ciudadanía a los largo de décadas de lucha social y consiguientes pactos con los grupos más poderosos. Hoy, éstos parecen estar ganando la partida en una trayectoria que constituye una regresión a épocas pretéritas en las que la miseria y la pobreza de las clases asalariadas ponían a la sociedad al borde de procesos revolucionarios, en ocasiones triunfantes. Ahora parece que no es ese el escenario, sino más bien al contrario, volvemos al punto de partida. 

Foto: Nacho Pérez.
Recordaba el profesor Josep Fontana[1], que en la historia “se representa el pasado como una progresión inevitable hacia cada vez más libertad y más ilustración”, para afirmar a continuación que “hasta cierto punto esto era verdad, pero no era, como se nos decía, el fruto de una regla interna de la evolución humana que implicaba que el avance del progreso fuese inevitable –la ilusión de que teníamos la historia de nuestro lado, lo que nos consolaba de cada fracaso-, sino la consecuencia de unos equilibrios de fuerzas en que las victorias alcanzadas eran menos el fruto de revoluciones triunfantes, que el resultado de pactos y concesiones obtenidos de las clases dominantes, con frecuencia a través de los sindicatos, a cambio de evitar una auténtica revolución que transformase por completo las cosas”. Es decir, la historia está plagada de pasos hacia delante, pero también hacia atrás en esa imaginaria senda de progreso hacia más libertad en todos los ámbitos de las relaciones sociales y hacia más equidad entre las personas. 

Conviene pues alargar la mirada analítica más allá de la realidad inmediata, de ajustes y “contrarreformas”, de desahucios y privatizaciones, de políticas de austeridad que frenan el crecimiento y sumergen a la mayor parte de las economías europeas en el desempleo, para tratar de entender qué es lo que se apunta con proyección al futuro. Para tratar de ver que se está desarrollando una profunda transformación y no precisamente en la dirección de la “Gran Transformación” que hace unas décadas interpretara Polanyi[2]. 


Así, los miedos que perturbaron los sueños de la burguesía a lo largo de cerca de doscientos años se acabaron en los setenta del siglo pasado: “Desde la Revolución francesa hasta los años setenta del siglo pasado las clases dominantes de nuestra sociedad vivieron atemorizadas, llevándoles a temer que podían perderlo todo a manos de un enemigo revolucionario: primero fueron los jacobinos, después los carbonarios, los masones, más adelante los anarquistas y finalmente los comunistas”[3]. El período de 1945 a 1975 había sido en el conjunto de los países desarrollados una época en que un reparto más equitativo de los ingresos había permitido mejorar la suerte de la mayoría; culminó en la crisis de los setentas y a partir de ahí con el miedo de las clases dominantes en descensos (hasta su desaparición tras la caída del muro de Berlín en 1989). 

Cambio que se inicia en los Estados Unidos y en Gran Bretaña, adalides por aquellos años del capitalismo más desarrollado, donde los empresarios, bajo el patrocinio de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, decidieron que éste era el momento para iniciar una política de lucha contra los sindicatos, de desguace del Estado de Bienestar y de liberalización de la actividad empresarial. Se trataba en suma de enfrentar a un largo periodo de pactos y acuerdos sociales que desde la perspectiva de las clases dominantes había supuesto una caída importante en la tasa de ganancia del capital, eso sí a cambio de alejar la amenaza revolucionaria por la garantía del pacto social. 

Y “muerto el perro, se acabó la rabia”. Desaparecido el modelo económico que compitió durante cerca de un siglo con el capitalismo, la economía de planificación centralizada, bajo la égida del discurso político comunista, en sus diferentes facetas, no resultaban precisas las cautelas tenidas en décadas anteriores. 

En este contexto internacional, la crisis del petróleo de los setenta del siglo pasado sirvió de pretexto para iniciar el cambio. 

Se abre camino un proceso hacia un cambio paulatino del equilibrio entre las diferentes fuerzas sociales, que parecía haberse consolidado tras la Segunda Guerra Mundial bajo la impronta ideológica, en el terreno de la política económica, de los postulados elaborados y difundidos por John Maynard Keynes. Tal equilibrio se desploma a impulsos de una doctrina ideológica, y de unas políticas acordes con ella, que por encima de pactos sociales pasados, auspicia un retroceso histórico en la senda de progreso de las sociedades humanas. 

De este modo: 
  • Observamos cómo avanzan, en las décadas más recientes, los discursos económicos que priman la función del mercado en detrimento de cualquier actuación de los poderes públicos que asumían objetivos de redistribución y reparto del valor añadido a través de los instrumentos del Estado de Bienestar. El momento y la velocidad de este cambio hacia el mercado como elemento hegemónico de las relaciones de producción e intercambio ha dependido, en cada ámbito político-geográfico, de sus caracteres culturales y sociopolíticos, del grado de desarrollo económico alcanzado y sobre todo de sus particulares equilibrios de fuerzas entre los distintos grupos o clases sociales[4]
  • Que “los márgenes de beneficio, están consiguiendo niveles que no se habían visto desde hace décadas”, y que “las reducciones de salarios y prestaciones [sociales] explican la mayor parte de esta mejora”, 
  • la paulatina disminución de las contribuciones empresariales al sostén del Estado del Bienestar, e incluso al presupuesto del erario público para otros menesteres, 
  • la desregulación de la leyes que controlaban algunos aspectos más relevantes de la actividad empresarial (en aras de un mejor funcionamiento del sistema productivo y de mayores cotas de equidistribución del valor añadido generado), han permitido, entre otros resultados, que las entidades financieras pudieran lanzarse a un juego especulativo con derivados y otros productos de alto riesgo[5] al tiempo que abrían el camino a la reducción sistemática de las rentas salariales, dejando el camino expedito a prácticas altamente especulativas generadoras de ingentes beneficios para un muy reducido grupo de gestores o inversores financieros. Lo que de forma plástica se ha dado en llamar “capitalismo de casino”. 
En suma, un rearme ideológico del discurso neoliberal, sustentado en el principio de la eficiencia mercantil, en la idea de que la extensión del mercado a todos los ámbitos de la vida económica y social constituirá la panacea de todos nuestros males, dando lugar a un incremento desconocido de la desigualdad social y económica. 

Lo que un par de recientes premios Nobel de Economía han caracterizado como la economía “del 1%, para el 1% y por el 1%” (Joseph Stiglitz[6]) o “la gran divergencia” (Paul Krugman[7]). 

Los corolarios de todo este proceso de transformación se puede concretar en que: 
  • Los sindicatos son los “enemigos” a desbancar: desde Margaret Thatcher a Esperanza Aguirre[8], pasando incluso por algunos prominentes adalides de la socialdemocracia antaño baluartes de las organizaciones de asalariados. Quedan como las instituciones que mantienen una firme defensa del pacto social de antaño, como instrumento de un reparto más equitativo, en definitiva, pilar del Estado de Bienestar. 
  • El impulso, con disculpa en las sucesivas crisis financieras, de estrictas políticas de ajustes, con los consecuentes rescates financieros de bancos y países y las políticas de austeridad, en definitiva, que materializan el control de los políticos por parte de la oligarquía financiera, en continuo ascenso. Las reformas estructurales que apuntalan estas políticas están, asimismo, orientadas a alterar el reparto de la tarta de la renta, buscando merma de la participación relativa de los salarios, generando una cierta ilusión ficticia en los asalariados a través de la captación de plusvalías financieras e inmobiliarias efímeras que generan una suerte de “capitalismo popular”. 
  • Para arribar todo ello en un desmantelamiento paulatino del Estado de Bienestar. 
  • Lo que significa una redefinición de la relación sector público-sector financiero por la que: 
  1. Los instrumentos de regulación son asignados (cuando no lo estaban) a terceros, en nombre de la sacralizada eficiencia del mercado y que sin duda la ejercerán en beneficio propio y 
  2. Se obtendrán menos ingresos públicos y desviando montos sustanciales de gasto del sector público en su relación con el sector financiero para ayuda y reordenación de bancos y entidades financieras, es decir con destino a los rescates bancarios. 
Todo ello está presente en la actual crisis, como discurso ideológico y político subyacente. 

Y "quizás no se ajusta del todo a la realidad hablar de “errores” en el manejo de los instrumentos de la política económica. Hay errores cuando el gestor no acierta a articular un conjunto de intervenciones sobre la marcha de la dinámica económica que permitan corregir la misma en una dirección determinada o cuando se equivoca al elegir los instrumentos adecuados o al ponerlos en funcionamiento. Pero lo que ocurre, en ocasiones, es que los objetivos deseados son más bien políticamente inconfesables. Y cuando esto ocurre, la política económica no se equivoca, tan solo es consecuente con tales objetivos no confesables y no lo es respecto a otros posibles objetivos explícitos, más acordes con lo "políticamente correcto" 

Si tuviéramos claro que los gestores de la política económica tratan de estimular el crecimiento económico y no lo consiguen, estarían errando en su modo de hacer. Pero si los objetivos son otros, posiblemente no estén equivocándose tanto”[9]. En suma, hay una hoja de ruta, de largo alcance y plazo para transformar en profundidad el reparto del valor añadido generado en el proceso de producción-distribución de este capitalismo avanzado de finales del siglo XX y principios del XXI. 

No pretende ser este un discurso apocalíptico, tan solo es lo deducible de una determinada secuencia histórica que nos ha tocado vivir. Secuencia que muestra sus perfiles más groseros en un gradual proceso de desigualdad económica, política y social y de paulatino desmembramiento de las instituciones que durante décadas hicieron posible una sociedad más libre y equitativa y, en consecuencia, social y económicamente más eficiente. 

Es por esto, concluye el profesor Fontana, “que necesitamos evitar el error de analizar la situación que estamos viviendo en términos de una mera crisis económica –esto es, como un problema que obedece a una situación temporal, que cambiará, para volver a la normalidad, cuando se superen las circunstancias actuales-, ya que esto conduce a que aceptemos soluciones que se nos plantean como provisionales, pero que se corre el riesgo de que conduzcan a la renuncia de unos derechos sociales que después resultarán irrecuperables. 

Lo que se está produciendo no es una crisis más, como las que se suceden regularmente en el capitalismo, sino una transformación a largo plazo de las reglas del juego social, que hace ya cuarenta años que dura y que no se ve que haya de acabar, si no hacemos nada para lograrlo. Y que la propia crisis económica no es más que una consecuencia de la gran divergencia”. Realmente estamos ante una proceso de transformación que bien podríamos denominar la “revolución de los ricos”, en palabras de mi amigo y colega Carlos Tello[10]. 

Somos ya muchos, por tanto, los que interpretamos la presente evolución de nuestros sistemas sociales como algo más que una crisis coyuntural del capitalismo, solventable, como otras tantas veces, en un corto espacio de tiempo. Por el contrario nuestro análisis concluye en que nos enfrentamos a una crisis sistémica que está llegando, en estos años, a un punto de clímax, quizás, de no mediar procesos sociales en contra, sin retorno. Sería una ingenuidad o un acto de fe bienintencionado pensar (más bien creer con una fe que mueva montañas) que los que hoy se está intencionadamente deshaciendo, volverá con bríos mañana (más bien dentro de unos años) cuando la situación retorne a unas tasas de crecimiento razonables. En algunos países en particular, resultará más que difícil, supuesta voluntad política de por medio, reconstruir un mundo más que equitativo que en pocos años se habrá tirado por la borda. Volvemos a los tiempos de la pobreza de solemnidad. 

Tras esta crisis de civilización en la estamos inmersos, someramente descrita, entramos en una nueva era en la que la incertidumbre es el paradigma, en la que los profesionales del riesgo, los gestores de la incertidumbre llevan las de ganar. Como en otros momentos de la historia la reacción de los menesterosos, de los más débiles, de la mayoría de la sociedad, ahora sin modelos de referencia que infundan miedo a los más poderosos, será crucial para definir el resultado de esta crisis en los próximos años. Seremos capaces de forzar la reconstrucción del “Nuevo acuerdo” o por el contrario asistiremos a la consolidación de un capitalismo de trazos “salvajes”. 

Notas:
[2] Polanyi, K. (1944): La Gran Transformación, Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Fondo de Cultura Económica, México D.F. 
[3] Josep Fontana, ver nota 1. 
[4] Resulta interesante constatar como uno de los gobernantes que inician las reformas flexibilizadoras en España, declaraba el 15 de noviembre de 2012, en una emisora de radio, reflexionaba de forma clarividente sobre las políticas de ajustes que se están llevando a cabo en el país (y en la mayoría de los que integran la UE) diferenciando entre su vertiente cuantitativa (la cuantía de la reducción del gasto publico en diferentes prestaciones sociales) y su cambio cualitativo, abriendo paso a la prestación de tales servicio por la iniciativa privada, señalando como lo grave desde el punto de vista de la cohesión social en el futuro sería esta última actuación privatizadora, es decir someter a criterios de mercado lo que hasta la fecha se venia distribuyendo con carácter igualitario.
[5] Hace algunos meses decíamos a este respecto: “Uno de sus efectos [de la crisis financiera] de mayor calado ha sido el crecimiento de la importancia del sector financiero en el conjunto de la economía hasta adquirir una centralidad insólita y que ha tenido efectos graves para el resto de relaciones económicos, una circunstancia que no ha sido exclusiva- mente el resultado de una mejora de la tecnología y las comunicaciones sino la consecuencia de decisiones de índole política que han transformado el entramado institucional del capitalismo a nivel mundial” (Ruesga, S.M. (2012): “La financiarización de las relaciones laborales”, Cuadernos de Relaciones Laborales, Vol. 30, Núm. 2: 45-65). Aquí se define la financiarización como “el proceso por el cual el sector financiero pasa de ser un actor lateral con fines específicos en la economía mundial a ser un actor central de la misma como financiera, propietaria y grupo de interés.” 
[6] Joseph E. Stiglitz: “Of the 1%, by the 1%, for the 1%”, Vanity Fair, may, 2011. 
[7] La gran divergencia es un término que se aplica desde inicios de los años setenta del siglo pasado dado al en Estados Unidos, en Canadá y en los países de Europa, al proceso de crecimiento sustancial de la desigualdad en los ingresos económicos, proceso que sigue su curso. El término fue adoptado por el economista Paul Krugman, Premio Nobel de Economía quien hacia referencia con él, al término La gran convergencia (The Great Compressión) resultado del New Deal, referido a las décadas de 1930 y 1940, cuando la distribución de los ingresos se hizo enormemente más igualitaria en los Estados Unidos y en muchos países de Europa. Ver Krugman, P. (2007): The Conscience of a Liberal, W W Norton & Company y Noah, T. (2012): The Great Divergence: America's Growing Inequality Crisis and What We Can Do about It, Blomsbury Press, New York. 
[8] Esta última me agradecería con entusiasmo el símil si llegara a leer este texto. 
[9] Ruesga, S.M. (2012): “Para entender la crisis económica en España”, Economía UNAM (en prensa). 
[10] Tello, C. E Ibarra, J. (2012): La revolución de los ricos, Facultad de Economía, Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F. El libro arranca con una difundida declaración de uno de las personas más ricas del mundo, Warren E. Buffet: “Desde luego que hay una guerra de clases, pero es mi clase, la clase rica, la que la está haciendo y la estamos ganando” (The New York Times, 26 de noviembre de 2006).

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