jueves, 22 de noviembre de 2012

Una década sin empleo

Julimar da Silva Bichara - Universidad Autónoma de Madrid y Augusto Plató


La Presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, ha advertido estos días en la prensaespañola lo que viene alertando desde hace tiempo en los foros internacionales (como en la última Conferencia de las Naciones Unidas y en el G-20), que la política de ajuste fiscal que nos está siendo impuesta desde la Comisión Europea, bajo la agenda conservadora de la Alemania de Merkel, nos abocará a una década de recesión y elevado desempleo, tal y como sufrieron los países latinoamericanos en la década de los 1980. Los latinoamericanos saben muy bien lo que esto significa: pobreza, desigualdad, desorden social, déficit social, déficit democrático y subdesarrollo.

La Década Perdida de los países latinoamericanos y la Gran Recesión en Europa guardan algunos, y muy relevantes, puntos en común. La pena es que estos puntos de encuentro se están dando en el campo de los errores y no en el de las enseñanzas. Más allá de que ambas crisis están asociadas a la deuda y a la incapacidad de los Estados de hacer frente a los costes financieros de las mismas, la receta, ¡pásmense!, es idéntica. ¿Y por qué? Porque están diseñadas para garantizar el pago de la deuda y no para estimular la recuperación de las economías. A los países latinoamericanos les dijeron que lo mejor era desregular la economía, en el marco de lo que hoy es conocido como el Consenso de Washington. La mayoría de los países entraron en esa senda de deconstrucción del Estado, pautada por un conjunto de reformas liberalizadoras cuyo objetivo fundamental era disminuir el tamaño del Estado en la economía, ese ente por naturaleza “corrupta e ineficiente”; como si el sector privado fuese inmune a la corrupción y a la ineficiencia. Algunos, como Brasil, por su idiosincrasia interna, relacionada con su sistema político descentralizado y fragmentado, han logrado mantener un Estado con capacidad de maniobra e intervención en la economía, lo que le está permitiendo realizar con éxito políticas contra-cíclicas en estos momentos de desaceleración de la economía.
Augusto Plató con Tagxedo.

En el Sur de la Unión Europea, treinta años después, las recetas son las mismas. Todo eso es un varapalo muy duro a la teoría macroeconómica moderna, poniendo de manifiesto que no ha sido capaz de avanzar desde los años 1950 (¡¡todos siguen recordando a Keynes, especialmente la Teoría General, libro publicado en 1936!!). ¡No han aprendido que los multiplicadores de la política fiscal expansiva a través del gasto público pueden más que compensar el incremento de los impuestos! Tal y como nos ha enseñado Keynes y nos ha recordado el otro día Stanley Fisher, Gobernador del Banco Central de Israel, macroeconomista reconocido que está ganando más prestigiopor su gestión keynesiana del Banco Central de Israel.

Volviendo al obsoleto FMI, pareciera que sus macroeconomistas no hicieran nada más que ir a los ficheros de los países latinoamericanos, años 1980, buscasen el archivo guardado bajo el nombre de condicionalidades para el rescate del país X, cambiasen el nombre del país y se lo enviasen a Portugal, Irlanda y a Grecia. Bueno, el de España ya está elaborado y en la carpeta de borradores para enviar.

Estos señores no se han dado cuenta del coste social de las recetas de ajuste depresivas, como la que estamos viviendo ahora en todo el sur de Europa: paro, desigualdad social, empobrecimiento y muchos años de desilusión, infelicidad y angustia social. Más allá de la economía, porque los economistas no somos capaces de ver más allá de la zona iluminada por nuestros simplistas modelos matemáticos, los costes empiezan a transcender al sistema de organización social, al pacto social que nos ha permitido convivir, a la misma estabilidad del Estado moderno y a la legitimidad de los partidos políticos. Una década sin empleo es demasiado para una sociedad desarrollada como la española. Es demasiado para esta generación de jóvenes españoles. 
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