miércoles, 29 de febrero de 2012

Una reforma laboral desenfocada, ineficaz para la economía e inútil para la creación de empleo

La reciente Reforma Laboral decretada por el Gobierno del Sr. Rajoy es sin duda una de las de mayor calado de las habidas desde que se aprobó el Estatuto de los Trabajadores en el año 1980. En este sentido, se aproxima a lo que supuso la reforma del año 1994 decretada también por el Gobierno entonces presidido por el socialista Felipe González. 

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La Reforma contiene un amplio conjunto de modificaciones del Estatuto de los Trabajadores y de medidas que afectan a la política activa del mercado de trabajo. Tal como está redactado el Decreto Ley da la impresión que ha habido una cierta improvisación a la redacción del texto y se observan algunas lagunas o contradicciones cuando no de hipotéticas posibles incursiones en la inconstitucionalidad de alguna de las regulaciones incorporadas que, es de suponer, se irán perfilando en el ulterior debate parlamentario cuando se plantee la convalidación del citado Decreto Ley. 

En una aproximación general al texto y sin menoscabar algunos aspectos que tienen cierto interés sobre todo en la perspectiva de ampliar los mecanismos de intermediación o expandir criterios de flexibilidad interna en las empresas, la Reforma, como digo en general, me ofrece varios calificativos. Lo que voy a explicar en una secuencia de textos. 


En primer lugar, creo que está desorientada o desenfocada. Si el objetivo es crear empleo o incluso de forma más modesta mantener el volumen actual del volumen existente, creo que el conjunto de medidas que se incorporan a la Reforma están desenfocadas puesto que no tienen ninguna probabilidad de poder alcanzar esos objetivos. Como he dicho en otro lugar (El País, viernes 10 de febrero de 2012, pág. 27), los logros de la larga serie de reformas laborales en España han sido más bien escasos en términos de generación de empleo. Algo parecido me temo que tendremos que incorporar a la evaluación de esta reforma dentro de algunos meses cuando tengamos perspectiva y datos suficientes para evaluar sus efectos en términos de generación de empleo. 

El problema, en definitiva, es que parte de un diagnóstico no acertado sobre la situación actual que vive la economía española. En síntesis, ese diagnóstico viene a interpretar que con una reducción de los costes laborales, particularmente asentada en la disminución en los costes de despido, se abre una vía para la generación de empleo, aunque en algunas interpretaciones oficiales se duda de que esto tenga efecto a corto plazo y se plantea un horizonte medio de un par de años para que los efectos se observen. Y aquí es donde el diagnóstico yerra. La generación de empleo no está sujeta a más o menos ligeras alteraciones de los costes del factor trabajo, que en todo caso podrían incidir en una alteración de la relación capital trabajo a favor de un uso más intensivo de éste último, sino, en una situación como la actual de fuerte crisis de la demanda, en un retorno a niveles de consumo y de demanda agregada más elevados, con una dinámica mucho más activa que la que venimos observando en los últimos años. No parece que las predicciones económicas apunten en esa línea sino más bien al contrario y lo que cabe esperar a lo largo del año 2012 es una recesión intensa, que los organismos internacionales evalúan en una caída en torno al 1,5-2% de nuestro Producto Interior Bruto. Vistas así las perspectivas difícilmente se va a generar una dinámica de creación de empleo en un horizonte de un año o incluso más. 

Y es que, en definitiva, las intervenciones directas sobre el mercado de trabajo pueden tener una cierta utilidad desde el punto de vista de mejorar los mecanismos de intermediación entre la oferta y la demanda de este factor de producción que si se alcanza un cierto éxito podrían, posiblemente, tener alguna aceptación sobre la cifra de desempleo más que de la generación de empleo. En este sentido, si la mejora en la intermediación en el mercado de trabajo surte efecto se podrían reducir en alguna proporción las elevadas cifras que tenemos de desempleo en el mercado de trabajo pero difícilmente, por sí sola incrementar el volumen de trabajo de oferta de puestos de trabajo, porque éste es en última instancia el problema al que se enfrenta la economía española. Con un nivel de vacantes (de puestos de trabajo) excepcionalmente reducido respecto al ciclo actual de esta variable, por mucho que se alteren parámetros regulatorios del mercado de trabajo pocas posibilidades de incrementar el empleo se van obtener. Antes de la crisis en el año 2007, la relación entre vacantes y desempleados medidos ambos en proporción a la población activa era cercana a uno, es decir, cerca de un 7% de puestos de trabajo vacantes, en proporción a la población activa frente a un 8% de trabajadores a la búsqueda de empleo, también en relación con la población activa. Ahora las proporciones entre ambos parámetros han pasado de uno a ocho. En este contexto las alteraciones en los mecanismos de regulación de trabajo escasamente van a abrir una dinámica de disminución del volumen absoluto de desempleo y mucho menos de incremento de las vacantes o del volumen de empleo ofertado. 

El reto de la creación de empleo es demasiado importante como para confiarlo tan solo a la actual reforma del mercado de trabajo. Para absorber el impacto de la crisis, considerando su inicio en el 3 trimestre de 2007, necesitaríamos mas de tres años de crecimiento continuado del empleo, al mayor ritmo conocido (año 2005) con el fin de alcanzar mínimo nivel de desempleo que conseguimos el citado trimestre. No parece que a ello se atienda de manera contundente con esta reforma. 

Y, por otro lado, como estrategia a largo plazo, el diagnóstico subyacente a esta reforma no hace sino ahondar en las debilidades estructurales que desde hace décadas viene caracterizando a la estructura económica de nuestro país. Es decir, insistir en un modelo productivo intensivo, términos relativos, en factor trabajo, que ahora se incentiva de nuevo con otro impulso más al abaratamiento, con carácter no sólo coyuntural sino estratégico, de este factor. Es una vuelta al pasado, un paso atrás en la senda del desarrollo económico del país.

Santos M. Ruesga
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