martes, 24 de enero de 2012

Se avecina una nueva reforma laboral

Da igual lo que una buena parte del mundo académico de la economía esté intentando transmitir: que las políticas de austeridad fiscal y de ajuste presupuestario por la vía del recorte de gasto no van a permitir que las economías crezcan (Skidelsky: ¿Cuán importante es la deuda?, Shiller: ¿Fomenta la austeridad el desarrollo económico?) . Los mercados de trabajo van a seguir sufriendo, cada vez en mayor medida, estos ajustes de la actividad económica. En una etapa recesiva como la actual, las políticas que se están llevando a cabo impiden el crecimiento económico. Y sin crecimiento económico, no hay posibilidades de creación de empleo. Por mucha reforma de la legislación laboral que se haga. 

¿O es que acaso los empresarios que ahora no consiguen vender su producción si se reducen los costes laborales serán capaces de contratar a más trabajadores? Su problema es, precisamente, que no logran vender aquello que producen. Luego las necesidades que tienen son de demanda. Independientemente de lo que les cueste contratar (o despedir, como muchos señalan como problema fundamental) a los trabajadores. No por tener más trabajadores que produzcan más lograrán sacar adelante dicha producción. 

A no ser que sean esos mismos trabajadores quienes consuman aquello que están elaborando. Pero para ello necesitarán tener cierta capacidad adquisitiva. Y a la vista de las necesidades de moderación salarial, sino recorte directamente, así como la subida impositiva sobre las rentas del trabajo recientemente aprobada, no parece que la renta disponible sea un motor de gasto. También se necesitaría cierta estabilidad para poder tener posibilidades de gastar buena parte de la renta disponible, y no que aumente el ahorro por motivo precaución, ante las mayores dificultades que se avecinan. 

Pues todo esto no parece que vaya a ser la clave de la reforma laboral que se avecina. Sino todo lo contrario. El marco institucional y legislativo se ve como una barrera al buen (libre) funcionamiento del mercado de trabajo. Por eso se habla (se viene hablando ya desde hace 20 años, tampoco es ninguna novedad, véase David Anisi: El mercado de trabajo: ¿Quiénes somos de dónde venimos, a dónde vamos?) de la necesidad de flexibilizar el mercado de trabajo. Para poder adaptar el uso que del factor trabajo hacen las empresas ante las circunstancias cambiantes de la economía. Y para romper la maldita dualidad (temporales-indefinidos) que está machacando a nuestro mercado de trabajo (tal y como siguen señalando Bentolila, Dolado y Jimeno: The Spanish labour market: A very costly insider-outsider divide); Miguel Ángel Malo: Modificar cuestiones clave; y Valeriano Gómez y Luis Martínez Noval: Los equívocos del contrato único). 

Pero apenas nada se dice ya de la necesidad de adaptar una economía a las nuevas exigencias, el tan manido cambio de modelo productivo. Una tasa de temporalidad excesivamente elevada no sólo tiene que ver con los tipos de contrato que se pueden hacer, sino con los tipos de trabajo: en la construcción, en un sector servicios dominado por la hostelería y el comercio y sometido a la fuerte estacionalidad de las épocas de vacaciones y buen clima… En definitiva, un tipo de producción que no requiere de la mayor cualificación de la mano de obra, donde ante las dificultades económicas, la adaptación se produce deshaciéndose del facto trabajo sobrante. La abundancia de ese tipo de trabajadores en el mercado hace que la nueva contratación cuando las circunstancias económicas cambian sea también sencilla. ¿Para qué cambiar los tipos de contratos si la flexibilización del mercado laboral es total? 

El nuevo gobierno dice que tiene claro lo que hay que hacer (Edward Hugh: A month in Spain that didn’t shake the world). Pero quizá haya que poner el acento en otra parte: la reforma laboral no va a crear empleo. La recuperación de la actividad económica es posible que sí. 

Laura Pérez Ortiz – Augusto Plató
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